• Antonio Campos Bascarán

El pensamiento político-económico católico y patriótico de Julio Meinvielle

La crisis política y económica que vivimos ha tenido repercusiones notables en nuestro país y el resto del mundo. Las personas buscan nuevas opciones ante el fracaso del sistema actual. Algunos proponen hacer cambios inspirados en ideas no tradicionales para cambiar radicalmente el orden actual de las cosas, mientras que otros proponen la reivindicación de los llamados valores tradicionales y el retorno a los mismos para evitar rectificar los problemas que enfrenta el mundo moderno. El libertarianismo y el marxismo pueden encajarse dentro de las propuestas no tradicionales, mientras que los movimientos nacionalistas o religiosos podrían encajar dentro de las propuestas tradicionales.

El socialismo marxista, que propone la revolución de los pobres contra los ricos para redistribuir la riqueza, ha estado presente en Hispanoamérica desde la Guerra Fría y resurgió a inicios del siglo XXI con el fracaso del neoliberalismo. El temor al marxismo (por sus abusos) en la Hispanoamérica ha inspirado el auge del libertarianismo, una forma extremadamente individualista de aplicar la idea de libertad personal.

Las ideas alternas más “tradicionales” pueden notarse en el resurgimiento de la conciencia hispanista dentro de los países hispanoamericanos. Carecen estos nuevos hispanistas de un proyecto conjunto y entre ellos abundan las diferencias de opinión, pero reivindican la herencia española o la hispanidad como factor de unidad entre nuestros países. Un componente de la hispanidad es el catolicismo, pues además de ser la religión mayoritaria entre los hispanoamericanos fue muy importante para la creación del Imperio Español que dominó América en su momento y fue precursor de los países independientes actuales. Es por eso que varios grupos de patriotas católicos en Hispanoamérica valoran nuestra herencia hispana que nos legó la fe.

Teniendo en cuenta esta tendencia de la época y comprendiendo la necesidad de encontrar un modelo político-económico que vaya acorde con las creencias religiosas de los hispanoamericanos para sustituir el sistema corrupto y fracasado actual, proponemos el estudio del pensamiento político-económico del sacerdote católico y patriota argentino Julio Meinvielle. Vivió el padre Meinvielle en Argentina durante el siglo pasado y se dedicó mediante sus escritos a exponer las creencias católicas de la política y de la economía durante la crisis de la Gran Depresión y del periodo entre las guerras mundiales. Se dio su apología católica en un contexto mundial de reacción contra un mundo descristianizado en el que el liberalismo había fracasado y era temida la amenaza del comunismo. Vivió en el contexto la Segunda Guerra Mundial y luego de la Guerra Fría, lo cual le permitió continuar con sus reflexiones acerca de la significancia histórica de los eventos que presenciaba a la luz del catolicismo.

Al morir, dejó numerosos libros y ensayos en los que se pueden apreciar sus ideas. Las mismas suelen ser consistentes a lo largo de la trayectoria de su obra y se repiten abundantemente en sus escritos. Sus ideas sobre política y economía serán resumidas y analizadas, pero antes debemos abundar sobre la cosmovisión de Meinvielle.

Meinvielle era católico, por lo cual su principal preocupación será siempre la fe en Cristo, Dios encarnado que murió y resucitó para salvar al hombre del pecado y quien estableció la Iglesia Católica, y todo lo que la misma implica. Su pensamiento político-económico responde a esta creencia religiosa superior. Podrían los no católicos llegar a conclusiones político-económicas similares a las de Meinvielle, pero sin el catolicismo no se puede entender plenamente por qué insiste tanto en ellas y no en otras. La política y la economía, como las concibe Meinvielle, son solo medios para que el hombre pueda satisfacer sus necesidades en esta tierra y vivir mejor según la fe religiosa católica que le llevará a Cristo, o sea, a Dios, para que esté con Él eternamente. No son fines en sí mismas.

Debemos advertir al lector estudioso lo siguiente: aunque Meinvielle intenta exponer la doctrina católica, comparte también sus propias opiniones y puede estar sujeto a error. No se debe entonces tomar este escrito, que solo resume el vasto pensamiento de Meinvielle, como una autoritativa exposición de las enseñanzas del catolicismo. Siempre deben consultarse los documentos o enseñanzas oficiales aprobadas por la Iglesia para informarse bien sobre cuáles son las creencias que esta enseña. Podría también consultarse a expertos autorizados y bien informados en la materia en caso de confusión. No se debe entonces confundir cada opinión o idea de Meinvielle, o nuestra interpretación de las mismas, con la verdadera doctrina o enseñanza de la Iglesia.

Habiendo realizado esta importante advertencia, deseamos exponer como mejor podamos la visión de la historia de Meinvielle para explicar sus ideas en su contexto. Uno de los libros donde la expone con mayor claridad es El comunismo en la Revolución Anticristiana y en él basaremos nuestro resumen. Basa la misma en la Sagrada Escritura, los escritos de los santos y de los papas.

Meinvielle tiene una visión providencialista de la historia, según la cual Dios, sin suprimir el libre albedrío humano, ordena todo para la salvación de la humanidad, o mejor dicho, de aquella parte de la humanidad que acabará salva. Es la filosofía cristiana de la historia que han tenido grandes intelectuales católicos tanto en la antigüedad, como San Agustín de Hipona, y en la actualidad, como E. Michael Jones. La Providencia Divina usará todos los medios para lograr la salvación del hombre, incluyendo los males que son permitidos porque Dios sacará de ellos bienes mayores.

El padre Meinvielle intenta contextualizar, teniendo en cuenta la naturaleza providencial de la historia, el mundo en el que vivió mientras escribía su libro durante la tensión de la Guerra Fría. Este era un momento histórico en que la Iglesia temía grandemente el comunismo marxista, por su carácter anticristiano y por todo el poderío que había acumulado en Eurasia y las revoluciones que inspiraba en África e Hispanoamérica. Meinvielle deseaba comprender el sentido histórico del comunismo, por lo cual debe contrastarlo con la idea de “Ciudad Católica” o civilización católica que de acuerdo al sacerdote llegó a su máximo apogeo durante los últimos siglos de la Edad Media.

Era la Ciudad Católica medieval una civilización que, pese a sus imperfecciones humanas, tenía a Cristo, presente siempre en su Iglesia, como centro. Como tal la Iglesia ocupaba un lugar muy importante en la sociedad medieval por ser el medio establecido por Cristo para transmitir Sus enseñanzas. Esto permitía a los gobiernos someterse a la autoridad espiritual de la Iglesia en materia de fe y moral (sin que implicase que la jerarquía de la Iglesia controlase al gobierno, sino que más bien el gobierno respetaba a la Iglesia y trataba de gobernar de acuerdo a la moral y la fe que la Iglesia predicaba). Los gobiernos a su vez aseguraban el orden para el desenvolvimiento de una actividad económica justa entre las personas que les permitiera suplir sus necesidades materiales para atender mejor sus necesidades espirituales.

Este orden empieza a desquebrajarse con la descristianización en un proceso que también le llama Meinvielle la Revolución Anticristiana. Tres revoluciones son identificadas por el autor como parte de este proceso mayor: la Revolución Protestante, la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique.

La Reforma o Revolución Protestante comienza con la separación de Martín Lutero de la Iglesia Católica. Su crítica a la autoridad espiritual del papado y de la Iglesia Católica motivan a otros a hacer lo mismo y a interpretar la Sagrada Escritura según su propio juicio y prescindiendo de la tradición de la Iglesia. Se forman nuevas iglesias protestantes.

La ruptura de la unidad religiosa rompe la unidad política: reyes y príncipes descontentos con los límites impuestos por el catolicismo se separan también de la iglesia para aumentar su propio poder. Divididas cada vez más personas y naciones por sus diferencias de religión, no puede la Iglesia ejercer efectivamente su influencia sobre las naciones como lo hacía antes para tratar de minimizar o regular los conflictos entre ellas.

La ruptura de la Iglesia y la prevalencia de diferentes religiones, especialmente en los nuevos países donde más se difundieron las iglesias protestantes, provocó el surgimiento del liberalismo: una nueva ideología centrada en la libertad humana sin tener en cuenta las restricciones de la religión. Es considerado producto de la mentalidad protestante de prescindir de una autoridad religiosa superior. El liberalismo a su vez provoca la Revolución Francesa y otras revoluciones liberales.

La Revolución Francesa acelera la descristianización persiguiendo a la Iglesia y contribuye a romper el orden económico. Las antiguas leyes tradicionales que regulaban la actividad económica son abolidas en nombre de una falsa “libertad” por la influencia política liberal. Benefician estas leyes a los más adinerados que pueden hacer lo que quieran con su dinero, mientras todos los demás que no tienen deben trabajar para ellos bajo condiciones de abuso.

El escenario queda preparado para una tercera gran revolución: la Revolución Bolchevique, primera gran revolución comunista. Buscaba el bolchevismo, inspirado en las ideas materialistas y ateas de Karl Marx, hacer una revolución para establecer un sistema socialista que redistribuyera la riqueza y crease una sociedad comunista donde cada cual tuviese lo que necesite. Su manera de hacerlo sin embargo viola la naturaleza humana porque al implantar el socialismo obliga al hombre a trabajar para todos los demás sin recibir a cambio lo debido (pues suprime la propiedad privada que motiva el trabajo y permite al hombre tener lo necesario para vivir). La persona acaba como en el capitalismo liberal siendo un esclavo del sistema, pero bajo un yugo más duro impuesto por la tiranía directa del gobierno que suprime la religión y directamente despoja a las personas de lo que necesitan. Queda la persona así en un estado degradante e indigno, que representa para Meinvielle la peor manifestación de la Revolución Anticristiana.

Meinvielle sin embargo tiene fe en la restauración de la “Ciudad Católica” y anticipa la caída del comunismo por ser este tan contrario a la naturaleza humana. Concluye entonces que el comunismo servirá providencialmente para demostrar todo el mal al que se puede llegar si las personas, como ocurrió durante las dos revoluciones anteriores, se apartan de la verdadera fe en Dios y del orden que Él ha establecido.

Considera Meinvielle que, además de ocuparse por vivir cristianamente a nivel personal y llevar la fe a otros, debe trabajarse para restaurar el sentido cristiano y católico de la política y de la economía. Hacerlo contrarrestaría el ambiente creado por el liberalismo prevaleciente que hace a los países sucumbir a las revoluciones comunistas. Dos de sus libros son dedicados exclusivamente a estas cuestiones: Concepción Católica de la Política y Concepción Católica de la Economía. Hace referencia en ambos a otros teólogos, encíclicas o declaraciones papales y otros documentos para fortalecer sus puntos con evidencia. Haremos nuestro mejor esfuerzo por transmitir aquí las ideas que expone y abundaremos sobre varias de ellas.

Primero reseñaremos su libro de política. Similar a como hace Jaime Balmes en su libro El Protestantismo comparado con el Catolicismo, dedica su obra a explicar los orígenes de la soberanía, el rol de la ley como modo de ordenar la comunidad política al bien común, la legitimización de un régimen de gobierno, y la resistencia a las leyes injustas y a las tiranías de usurpación y tiranías de ejercicio surgidas de un gobierno originalmente legítimo. Comenta también brevemente sobre los distintos regímenes políticos o formas de gobierno y desglosa las funciones propias de la actividad política.

Opinamos que la importancia de este libro de Meinvielle, más que su intento por exponer una concepción católica sobre los temas anteriormente citados, radica en el modo como logra exponer de manera clara la relación entre religión y política a un mundo cada vez más secularizado en el cual las personas tienden a separar la fe religiosa de la acción política. Realiza efectivamente esta labor invocando la ley moral natural utilizando como referente la obra del filósofo católico medieval Santo Tomás de Aquino. Comentando y citando sus escritos demuestra cómo la política y la autoridad es conforme a la naturaleza del ser humano, quien está hecho para vivir en comunidad, que a su vez necesita dirección. El gobierno sirve así como una institución con la autoridad necesaria para establecer una política que rija a la comunidad humana para su propio bien.

La política a implementarse, para poder llevar a la comunidad al bien, no puede hacer caso omiso a la ley moral. La naturaleza moral de la política vincula a esta a la religión, pues la Iglesia Católica tiene potestad dada por Cristo para instruir sobre fe y moral. Es por este motivo por el cual no es posible que la religión se desentienda de la política ni que la política se desentienda de la religión como fuente de moral. Reconoce de esta manera el sacerdote argentino que: “la política no es independiente de la teología; está intrínsicamente subordinada a ella como lo está toda actividad moral” (17).

Contrapone la afirmación del vínculo entre teología y política y su base en la ley natural a las ideologías modernas, que prescinden de la religión y del buen entendimiento de la ley natural. Demuestra cómo, en base a los principios expuestos, el individualismo y el estatismo (que respectivamente enaltecen la libertad personal y el poder del estado de manera casi ilimitada) a los cuales tiende la política moderna son contrarios a la naturaleza humana y representan falsos modos de entender la política.

Reivindicado el carácter moral de la política y su nexo con la religión, puede Meinvielle proponer un estado organizado por los cuerpos o grupos sociales (familias, gremios, ect.) que represente al menos de manera indirecta a todas las personas pertenecientes a los distintos lugares de un país y a sus distintas industrias económicas: el estado corporativo. Este estado también debe hacer valer el principio de autoridad para imponer la ley según sus facultades y que respete los derechos de las personas, familias y agrupaciones sociales anteriores al estado. La autoridad del estado para ordenar la comunidad política al bien común debe ser total, pero no por esto suprimirá o controlará de manera tiránica a las personas y cuerpos sociales. El estado más bien permitirá a las personas y cuerpos realizar sus respectivas funciones, buscando estas su propio bien. Regulará entonces las relaciones entre las personas y los cuerpos en tanto y cuanto afecten el bien común, tratando de dirigir sus esfuerzos para lograr el mayor beneficio de todos.

Meinvielle preferiría además un estado profundamente ligado a la Iglesia Católica, tal como el que existía en la Ciudad Católica medieval. Reconoce sin embargo que las circunstancias de la época dificultan tan relación, por lo cual propone en su lugar un concordato en el cual se reconozca los derechos de la Iglesia y los deberes del estado para con ella. Cree Meinvielle que el estado debe ser católico y que debe basar sus leyes en la moral católica, pero reconoce también que aquellas personas con otras religiones no pueden ser forzadas a creer por lo cual sus prácticas religiosas deben ser toleradas por prudencia cuando haya motivos para justificarla.

Ahora comentaremos sobre su libro Concepción católica de la economía, donde citando principalmente a teólogos como Santo Tomás de Aquino y Jacques Maritain, las encíclicas papales sobre la doctrina social católica y otros documentos escritos por líderes u organizaciones católicas intenta exponer cómo debería funcionar la economía de acuerdo al catolicismo. Constituye además una crítica directa al sistema capitalista. El análisis e impugnación del capitalismo no solo se limita a su vertiente liberal, sino que Meinvielle considera al socialismo marxista una forma de capitalismo. Esto es así porque Meinvielle concibe al capitalismo como cualquier sistema económico materialista cuyo fin es aumentar el lucro ilimitadamente.

Contrasta este sistema moderno a la economía católica. El verdadero fin de la economía no es lucrarse infinitamente, sino que de acuerdo al autor es permitirle al hombre satisfacer sus necesidades materiales para poder suplir mejor sus necesidades espirituales. Explica el libro que las riquezas deben servir a este fin y no ser acumuladas de manera ilimitada solo por sí mismas. Debe estar dirigida al consumo limitado por las necesidades de cada cual.

Nota sin embargo que el desorden del sistema moderno impide el consumo necesario. El afán por acumular riquezas artificiales (esto es, el dinero), como se discierne del libro, limita la producción de riqueza natural (bienes que realmente suplen necesidades). El comercio y la producción se desvirtúan de sus fines, para vender y producir artículos inútiles que sirven el propósito de vender infinitamente. La tierra, factor limitante del consumo, es a su vez explotada al máximo para suplir esta inmensa producción con tal de obtener el lucro infinito.

Ocupa el primer lugar dentro de este desorden, sin embargo, el préstamo ilegítimo a interés o usura. Meinvielle se dedica a exponer lo mejor posible el carácter anti-natural de la usura con la filosofía de Aristóteles y de Santo Tomás de Aquino. Se incurre en la misma cuando se presta dinero y se exige devolver una cantidad adicional a la prestada sin razón justificada. Es considerada por esto un robo, pero más que un robo es una violación al orden natural. Opinamos en base a la filosofía aristotélico-tomista defendida en el libro que la usura viola el orden natural porque utiliza la riqueza artificial para producir más riqueza artificial sin que se trabaje para aumentar la riqueza natural verdadera. Podrá crear más dinero, pero jamás creará los bienes que la gente necesita para consumir. Esto produce un desbalance y acaba colocando las riquezas naturales trabajadas por la mayoría en las manos de una minoría de prestamistas (como nota Meinvielle), que con su mayor riqueza artificial pueden acaparar la riqueza natural.

El buen orden de la economía, en cambio, tiene como base la tierra, fuente principal de todos los bienes materiales que requiere el hombre. Los productos de la tierra a su vez pueden ser modificados por la producción industrial para crear otros bienes necesarios mientras que el comercio facilita su distribución para que lleguen a todos. La moneda, símbolo de riqueza artificial, en este orden tiene valor en tanto y en cuanto representa el valor de la riqueza natural o de los bienes y debe funcionar como un medio para facilitar su intercambio. Todos estos componentes de la economía están ordenados al consumo, que según Meinvielle debe tener el primer lugar dentro de este orden económico porque la economía tiene como fin satisfacer las necesidades materiales humanas y es mediante el consumo que las mismas se satisfacen (fin que, debe recordarse, acaba siendo solo un medio porque está subordinado al fin mayor de satisfacer las necesidades espirituales del hombre).

El autor aprovecha también su análisis de cada uno de los componentes de la economía para informar ocasionalmente al lector sobre algunas enseñanzas de la doctrina social católica en la materia de economía y su posible aplicación dentro de un orden económico justo. Menciona y explica entonces lo que es el principio del destino y uso común de los bienes, la necesidad de la propiedad privada, y la importancia del salario justo. Nuevamente cita ampliamente a Santo Tomás, pero complementa y fortalece sus argumentos citando las encíclicas de los papas León XIII y Pío XI sobre algunas de estas materias.

Recuerda Meinvielle que los bienes creados están destinados al uso de todos, para que cada persona pueda suplir sus necesidades. La propiedad privada resulta un buen medio para lograr este fin y para que cada cual se ocupe de los suyo, pero está a la vez limitada por el mismo principio. Aquellos que tienen más deben permiten a los que no tienen utilizar los bienes para satisfacer sus necesidades también. Los que carecen, en estado de extrema necesidad, tienen derecho de hacer uso de la propiedad de otros de acuerdo al principio de destino y uso común de los bienes sin que se considere un robo. El estado entonces tiene derecho de regular la propiedad privada en función del destino y uso común de los bienes y puede imponer, según Meinvielle, a los propietarios permitir que otros hagan uso de sus propiedades si lo necesitan y, en casos extremos, incluso quitarles sus propiedades y dárselas a los necesitados si obstinadamente se les niega su uso.

Comprender el principio de destino y uso común de los bienes puede ser además necesario para justificar mejor el principio del salario justo. Los trabadores asalariados, a diferencia de las personas que tienen los medios para cultivar sus propios alimentos o dirigir su propia empresa, solo pueden ofrecer trabajar para otros a cambio de dinero. El salario acaba siendo en este caso el medio necesario para adquirir los bienes que necesitan para sostenerse a sí mismos y a sus familias, como Meinvielle bien reconoce. Puede discernirse entonces que pagar el salario justo es un deber moral de los patronos, pues sin el mismo no puede lograrse el destino y uso común de los bienes para el obrero y su familia.

Culmina el libro discutiendo la organización de la economía dentro del estado corporativo. Los trabajadores de un mismo tipo se agruparán dentro de sindicatos para colaborar entre sí y los distintos sindicatos de una misma profesión u oficio se agruparán en un cuerpo profesional más grande. Los cuerpos profesionales regularán sus respectivas profesiones y formarán entonces un cuerpo interprofesional a través de sus representantes. El cuerpo interprofesional ayudará a dirigir y organizar la economía del país. El estado a su vez permitirá a estos cuerpos sociales realizar sus funciones económicas y orientar sus actividades al bien común, como anteriormente se explicó. La cooperación económica internacional, por su parte, debe ser regulada por tratados mutuamente beneficiosos como sugiere el papa Pío XI.

Su libro de la economía, similar al de la política, concluye recordando que los principios defendidos por la Iglesia solo pueden ponerse en práctica si los cristianos católicos toman su fe en serio y se dedican a vivir según sus preceptos. Cambiar el orden político-económico no será suficiente para contrarrestar la Revolución Anticristiana o sus efectos si la gente sigue sin ser cristiana. Podría incluso hasta ser peligroso implementar los cambios político-económicos sin que primero las personas vivan su fe: Meinvielle bien lo advierte en estas u otras obras y teme que de ocurrir sería un régimen basado en la sola fuerza.

Queda ya resumido el pensamiento político y económico del patriota católico argentino Julio Meinvielle. Además de insistir en la fe en Cristo, su obra recuerda que la Iglesia Católica tiene una doctrina social y demuestra las consecuencias negativas que ocurren cuando el mundo se aparta de ella. Repetimos que no necesariamente todo lo que diga Mienvielle refleja la enseñanza oficial de la Iglesia (que debe consultarse para diferenciar entre las enseñanzas católicas y lo que solo es una opinión particular del escritor), pero no por eso los católicos que lean su obra serán incapaces de comprender la importancia de centrar sus vidas en Cristo y ser fieles a las enseñanzas de Su Iglesia, tanto en el ámbito personal como público y social. Los no creyentes podrán quedar o no convencidos de la necesidad de creer en Cristo y convertirse al catolicismo, pero incluso si no se convencen reconocerán al menos que muchos de los principios políticos y económicos que defiende Meinvielle en base a su catolicismo son necesarios para alcanzar la justicia social.

Los países hispanoamericanos están en crisis y buscan nuevos referentes políticos y económicos. La mayoría de los hispanoamericanos creen en la fe católica como la verdadera, así es que sería lo mejor que sus referentes político-económicos sean compatibles con sus creencias religiosas. El pensamiento del católico y del patriota Julio Meinvielle podría servir para encontrar este referente político-económico conforme al catolicismo en la América Hispana.


Referencias:

El Comunismo en la Revolución Anticristiana. Autor: Julio Meinvielle. Casa Editora: Cruz y Fierro Editores. 4ta edición (1982). Versión digitalizada.

Concepción Católica de la Política. Autor: Julio Meinvielle. Copia escaneada y digitalizada de la 3ra edición (1974).

Concepción Católica de la Economía. Autor: Julio Meinvielle. Impresor: Francisco A. Colombo (1936). Versión digitalizada.

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